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Cómo diseñar y gestionar espacios verdes urbanos para aumentar su captura de carbono

El proyecto CO-CARBON reúne en una nueva guía resultados de investigación y recomendaciones prácticas sobre arbolado, suelos, sustratos, céspedes, praderas y microbosques, con el objetivo de integrar mejor la captura de carbono en la planificación, construcción y mantenimiento de la infraestructura verde urbana

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22 Septiembre, 2026

Los parques, jardines, zonas verdes urbanas, alineaciones de árboles y patios pueden actuar como sumideros de carbono y, al mismo tiempo, contribuir a reducir el efecto del calor, gestionar las aguas pluviales, favorecer la biodiversidad y aportar beneficios para el bienestar. Sin embargo, el nuevo Carbon-smart Urban Green Handbook señala que este potencial todavía puede aprovecharse de forma más eficaz mediante decisiones específicas en las fases de planificación, construcción y mantenimiento.

El manual recoge los principales resultados del proyecto multidisciplinar CO-CARBON, desarrollado entre 2020 y 2026 con la participación de la Universidad de Helsinki, Aalto University, el Instituto Meteorológico Finlandés, Häme University of Applied Sciences y la Universidad de Copenhague, junto con ciudades, empresas, organizaciones y residentes.

 

Árboles y suelo, elementos clave para el balance de carbono

Uno de los principales mensajes del manual es que los espacios verdes construidos también pueden actuar como sumideros de carbono junto con los bosques urbanos. Este potencial depende especialmente de la cantidad de arbolado y de las características del suelo. Los árboles presentan una mayor biomasa que otros tipos de vegetación y pueden almacenar carbono durante largos periodos, mientras que el suelo constituye también un importante reservorio cuyo comportamiento está condicionado por su composición.

Los sustratos ricos en materia orgánica fácilmente degradable pueden liberar dióxido de carbono con rapidez como consecuencia de los procesos de descomposición, por lo que la vegetación puede tardar años en compensar esas emisiones iniciales. Por ello, una de las principales recomendaciones del documento consiste en conservar, siempre que sea posible, tanto la vegetación como los suelos existentes, ya que las nuevas plantaciones necesitan tiempo para acumular reservas de carbono comparables a las presentes en estructuras verdes maduras.

La longevidad del arbolado resulta especialmente importante. Cuanto más tiempo permanecen creciendo los árboles, mayor puede ser la cantidad de carbono almacenada en su biomasa y en el suelo asociado. El manual señala, además, que una nueva plantación puede tardar hasta una década en comenzar a funcionar como sumidero neto cuando se tienen en cuenta también las emisiones derivadas del sustrato.

 

El sustrato puede representar una parte importante de las emisiones

El documento presta especial atención a las emisiones asociadas a la construcción de espacios verdes. En los proyectos de parques estudiados por los investigadores, los sustratos que contenían compost a base de turba representaron, de media, alrededor del 35 % de las emisiones correspondientes a los materiales, la construcción y el mantenimiento.

A partir de estos resultados, el manual recomienda conservar el suelo existente cuando sea posible y recurrir a sustratos reciclados o alternativas con menores emisiones. También contempla la utilización de materiales como compost o biochar, teniendo en cuenta el origen de la materia orgánica empleada, ya que este aspecto condiciona el balance final.

Los autores plantean, además, que la evaluación de un espacio verde debe considerar todo su ciclo de vida, desde la fabricación de materiales y la producción de plantas ornamentales hasta la construcción, el mantenimiento durante la fase de uso y el final de vida. La evaluación del ciclo de vida permite así identificar las principales fuentes de emisiones desde las primeras fases del proyecto y comparar diferentes alternativas antes de su ejecución.

 

Céspedes y praderas presentan comportamientos diferentes

El manual dedica también un apartado específico al comportamiento de céspedes y praderas. Las investigaciones recogidas muestran que las praderas presentan una mayor resistencia frente a los periodos secos, probablemente debido a su diversidad de especies y a una menor frecuencia de siega, que permite desarrollar sistemas radiculares más profundos. Al mismo tiempo, estas menores necesidades de mantenimiento permiten reducir las emisiones asociadas a las labores de manejo.

Sin embargo, cuando se analiza el balance anual de carbono bajo las condiciones estudiadas, las diferencias entre céspedes y praderas no son tan marcadas. Las praderas presentan una mayor biomasa durante el verano, mientras que los céspedes pueden capturar carbono de forma más eficiente durante determinados periodos de primavera y otoño. Las diferencias aumentan cuando se incorporan al balance las emisiones derivadas del mantenimiento, ya que las operaciones de siega son más frecuentes en los céspedes.

El comportamiento del suelo vuelve a resultar determinante. Un césped recién establecido sobre un sustrato rico en materia orgánica puede actuar inicialmente como fuente neta de carbono cuando las emisiones derivadas de la descomposición superan la cantidad capturada mediante fotosíntesis. Por el contrario, los céspedes maduros o implantados sobre suelos con menores reservas iniciales de carbono pueden funcionar como sumideros.

El efecto del riego tampoco es únicamente positivo desde el punto de vista del balance de carbono. Aunque puede mejorar la viabilidad de las plantas, la fotosíntesis y el crecimiento durante los periodos secos, también puede acelerar la descomposición de la materia orgánica del suelo y aumentar las emisiones. Según el manual, su impacto depende en gran medida de las características del suelo y de la velocidad a la que se descompone la materia orgánica en condiciones de mayor humedad.

 

Microbosques para introducir vegetación en espacios urbanos reducidos

Entre las soluciones recogidas por CO-CARBON se encuentran los microbosques urbanos, definidos como plantaciones densas, multiespecíficas y estratificadas de árboles y arbustos. Su objetivo es favorecer el desarrollo de la vegetación, la captura de carbono y la biodiversidad, generando además zonas de sombra y protección en lugares donde existe poca cobertura vegetal.

Este tipo de plantaciones puede establecerse en superficies reducidas y en entornos densamente urbanizados, como bordes de carreteras, barreras acústicas, plazas, espacios entre edificios, parques o jardines particulares. El manual señala que un microbosque puede implantarse incluso en una superficie equivalente a una plaza de aparcamiento.

Como referencia, se plantean densidades de entre tres y cuatro plantas por metro cuadrado cuando se utilizan pequeños plantones de árboles de entre 20 y 40 centímetros. Las especies deben seleccionarse en función del tipo de suelo y de aquellas que crecen de forma natural en el entorno, procurando modificar el terreno lo menos posible.

Durante las primeras etapas de implantación se recomienda controlar las necesidades de riego y eliminar aquellas plantas que puedan competir excesivamente con los nuevos ejemplares. Una vez que la vegetación está correctamente enraizada, la intervención puede reducirse progresivamente para permitir que el microbosque evolucione de forma más natural.

 

Una herramienta para comparar distintas soluciones vegetales

El proyecto CO-CARBON también ha desarrollado un factor de carbono asociado a la herramienta Green Factor. Este sistema permite estimar el potencial de captura de carbono de la vegetación y el suelo de una parcela o manzana durante un periodo de 50 años, utilizando para ello las superficies correspondientes a los diferentes tipos de vegetación presentes en el proyecto.

El cálculo tiene en cuenta tanto el almacenamiento de carbono en el suelo y en la vegetación leñosa como las emisiones relacionadas con los sustratos, la construcción y el mantenimiento. El resultado se expresa mediante un factor de carbono en kg de CO₂ por metro cuadrado y puede ser positivo, cuando la captura supera las emisiones, o negativo cuando estas son superiores a la cantidad de carbono secuestrada.

La herramienta está concebida para que proyectistas y responsables de planificación puedan comparar distintas configuraciones de vegetación desde las primeras fases del diseño y valorar sus efectos sobre el balance de carbono a largo plazo.

 

Integrar la infraestructura verde desde las primeras fases de planificación

Otra de las principales recomendaciones del manual consiste en considerar la infraestructura verde desde el inicio de la planificación urbana. Para favorecer el desarrollo de la vegetación, es necesario reservar suficiente espacio tanto para las copas como para los sistemas radiculares, además de proporcionar condiciones adecuadas de iluminación, disponibilidad de agua y calidad del suelo.

El documento recomienda también favorecer vegetación multiespecífica y estructurada en diferentes estratos, superficies permeables y, cuando las condiciones del proyecto lo permitan, plantaciones directamente conectadas con el suelo. Asimismo, plantea reservar suficiente espacio para árboles grandes y longevos y evitar factores que limitan su desarrollo, como la compactación del suelo, la elevada presencia de superficies impermeables o la falta de espacio para las raíces.

De esta forma, el proyecto CO-CARBON plantea que mejorar el balance de carbono de los espacios verdes urbanos no depende únicamente de incrementar la superficie vegetal. También requiere conservar las estructuras existentes, proporcionar condiciones adecuadas para el crecimiento a largo plazo y considerar conjuntamente las emisiones derivadas de los materiales, la construcción y las labores de mantenimiento.

 

Fuente: CO-CARBON – Carbon-smart Urban Green Handbook (2026).

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